La cantaora lebrijana cierra la Semana de las Mujeres con un recital de cante gitano acompañada de Antonio Moya
Inés Bacán invoca el compás del cante, lo llama, lo acompaña y lo mece de principio a fin de su recital, que se convierte en un ritual majestuoso sobre el escenario. Porque lo que importa es el cante, lo que nos queda es el cante, e Inés lo sitúa en una cota inaccesible para muchos mortales.
Lo menos es más. Nunca mejor aplicado al cante. Inés Bacán hace con los tientos lo estrictamente necesario, sin abundar en recursos ni florituras. Los fandangos son muy personales, casi de familia. En la nana mece especialmente el aire. Apela a la memoria, para afrontar la soleá, y se acuerda de su padre Bastián. También por seguiriyas. Por bulerías no se explaya, porque es el cante de nuevo el que lo dice todo. La guitarra de Antonio Moya la acompaña magistralmente, sin molestarla. El público sufre y se alivia al mismo tiempo. Y cuando parece que ya no puede regalar más de sí misma, termina con una toná para dejarla en la vitrina de un museo.
La Peña Flamenca Torres Macarena, en un alarde de conocimiento y generosidad, ha dedicado su Semana de las Mujeres, a la cantaora lebrijana Inés Bacán. La dama del cante. Humilde y resistente. Inés Bacán defiende el cante natural, el que sale de sus entrañas y de su memoria. En el pasado recital del 7 de marzo, la cantaora volvió a demostrar que muy pocos tienen el poder de llevar el cante a esa categoría o rango espiritual que trasciende lo terrenal.









